Yo tomé la decisión de huir de este mierder0, porque gas.” Con esa crudeza, Yulieth García, una joven de 27 años que vivía en Armenia, se despidió del mundo en una transmisión en vivo a través de su cuenta de Facebook, un día antes de lanzarse desde el viaducto de Gualanday, en el departamento del Tolima.
Su voz era clara, su dolor también. Habló de traumas de infancia, del asesinato de su padre, de una vida marcada por enfermedades mentales que la acompañaron por años: esquizofrenia, trastorno bipolar, alucinaciones, episodios de agresividad. Pero sobre todo, habló de soledad, de sentirse incomprendida, de una sociedad que no sabe cómo abrazar a quienes sufren en silencio.
“Me di cuenta de todo y ya, no quise vivir en un mundo así porque no había salvación para mí”, dijo con franqueza. Y antes de apagar la cámara, envió un mensaje directo: “El que es bueno es bueno y el que es malo es malo, y se le nota. Un abrazo y un beso para todas aquellas personas que sean como yo en este momento.”
Yulieth no tenía hijos. Vivía con su madre, su hermana, su hermano y dos sobrinos en Armenia. Allí había recibido atención psiquiátrica por años y su familia ya contaba con un protocolo para llevarla a una clínica cada vez que entraba en crisis. Pero esta vez fue distinto. Salió de su casa dos días antes, dijo que se iba de paseo. Horas antes de su muerte, llamó a su madre asegurando que estaba en Cartagena, aunque su voz, aseguran, no era coherente. Después, llegó la noticia: una mujer había saltado al vacío desde el viaducto. Era ella.
La versión de que llegó en moto fue la primera contradicción. “Ella no sabía manejar, no tenía moto y nadie le prestó una”, denunció su prima. “En Fiscalía no tienen videos, ni testigos, ni siquiera saben en qué sentido del puente ocurrió. Solo repiten lo que se dijo en redes”.
El anuncio de un comité de salud mental por parte de las autoridades de Ibagué encendió aún más el malestar de su familia. “No hagan un show mediático. Yulieth no vivía en Ibagué ni recibió ayuda de nadie, ni allá ni en Armenia”, afirmaron con firmeza.
Lo que dejó Yulieth no fue solo una carta de despedida virtual, fue un grito de auxilio ignorado por las instituciones. Su muerte refleja lo que muchos viven en silencio: enfermedades mentales que no se atienden con discursos ni con líneas de atención sin respuesta.
Colombia sigue aplazando una política real de salud mental. Yulieth merecía una red que no fallara. Merecía vivir. Como lo merecen tantas personas que hoy luchan, en silencio, con el alma rota.
La vida sigue siendo una oportunidad. Para reír, para abrazar, para volver a empezar. Si usted o alguien cercano atraviesa un momento difícil, no lo ignore. En el Quindío están disponibles líneas gratuitas de atención: 311 730 6678 y el 735 99 50. Buscar ayuda no es rendirse. Es resistir.








