
Definitivamente en el Quindío la sanción moral no existe. Este es un departamento que empezó a vivir las peores épocas de la tolerancia extrema y la aceptación cómplice, desde ese mismo instante en el que aceptamos que hiciera carrera la frase “robó pero hizo”. Es aberrante escuchar eso entre todos los sectores y actores sociales, que ya aceptaron este tipo de conducta, validando un procedimiento que va en contra de todos los principios, que viola la ética y el buen comportamiento.
Aquí entonces se acepta robar, siempre y cuando de ese robo nos quede algo. Si seguimos aceptando esto, a la vuelta de unos años nos quedaremos callados cuando veamos que los cacos están hurtándole al vecino, porque nos regalan uno de los electrodomésticos robados. Muy preocupante que estemos aceptando este tipo de procedimientos y que no tengamos la suficiente entereza y carácter para exigirles a los dirigentes que hagan las cosas bien, que dejen a un lado las malas prácticas, que piensen que lo público es de todos y para todos, pero bajo un concepto de acción-participación-beneficio colectivo y no bajo el efecto de elección-hurto.
Esa cultura de la aceptación cómplice tiene que cambiar. Nunca he entendido como en Armenia un personaje de la prensa que estuvo privado de la libertad por abusar sexualmente de una menor, sigue como si nada, conquistando más niñas y participando activamente en los medios de comunicación, además con una aceptación social que termina legitimando sus acciones. Nadie tiene el valor de negarle una entrevista, porque interesa más el medio que la persona misma.
Pero la historia se repite en política. Entre más se cuestiona a alguien, entre más sanción de las autoridades hay, la “víctima” logra la voz solidaria de unos seguidores enceguecidos que le aceptan sus pecados y le siguen como si nada. Cada que se abre un proceso electoral, los reciben en los barrios con el mismo discurso del engaño y las prebendas que satisfacen las necesidades de un solo instante, pero que afianzan la ausencia de políticas en el largo plazo.
Creo que la intención que tuvo el Concejo Municipal de La Tebaida de exaltar a la ex senadora y ex gobernadora Amparo Arbeláez es una demostración más de la falta de memoria de una sociedad que legitima todo. La destitución de la señora Arbeláez Escalante es muy grave, pues los hechos que la comprometen determinan unas faltas que ameritan el debate y no el premio y la exaltación. Mientras la fiscalía y la contraloría avanzan con sus investigaciones, en otras instancias oficiales el reconocimiento está a la orden del día.
De los procedimientos que ha adelantado la actual gobernadora del Quindío y que no he compartido porque la deja muy mal parada, es la entrega que le hizo a la ex mandataria de un programa de televisión en Telecafé, donde ella sale en una pose de víctima del sistema, que afianza para trabajar el subconsciente colectivo de la gente que la ama con un nombre muy sugestivo: “nada personal”. Lamentablemente para ella, la justicia obró en su contra y su falta fue considerada como grave y lo mínimo que puede ocurrir es que la sociedad le haga sentir su descontento, pero no, al contrario, tiene más seguidores y si no estuviera inhabilitada sería de nuevo gobernadora. ¿O será en realidad que fue una injusticia? ¿Será que eso del teleférico es todo un montaje para hacerle daño a ella?
Pero no es solo este caso. No hay que olvidar que el ex alcalde de Calarcá Carlos Enrique López, el de Armenia David Barros Vélez, concejales condenados, diputados, el ex personero de Armenia y otros personajes públicos más no han sentido el rigor del castigo social, de la sanción moral que en otros países se aplica con rigor.
Definitivamente, si tengo una hija no le pondría Norma, – con todo el respeto por ellas – porque en Colombia las normas se hicieron para violarlas.
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