El 25 de enero de 1999 no habita solo en la memoria de los adultos que entendieron de inmediato la magnitud de la tragedia. Vive también, con una claridad dolorosa, en el recuerdo de quienes eran apenas niños y, aun así, jamás olvidaron la tarde en la que todo se detuvo en Armenia, Quindío.
Muchos de los más pequeños de ese entonces evocan imágenes que el tiempo no logró borrar: paredes que se abrían en grietas profundas, objetos que se caían, el sonido seco de las porcelanas al romperse, esos que adornaban las casas y que parecían anunciar el fin de la calma. Recuerdan los televisores girando sobre las mesas antes de caer, la señal interrumpida de los programas, a las madres cerrando las llaves del gas casi por reflejo, sin comprender todavía que la vida estaba a punto de cambiar para siempre. Presas del miedo, muchos solo atinaron a abrazar a sus hijos y salir. Salir corriendo. Gritar. Hallar un lugar alejado de moles de cemento.
Para los niños, todo era confusión. Solo sentían que la tierra se movía con una fuerza desconocida, obedecían los tirones de las manos adultas y observaban, con ojos abiertos por el terror, a la gente correr, caer, gritar y pedir ayuda. Veían casas derrumbarse “como una galleta cuando se desmorona”, polvo cubriéndolo todo, personas ensangrentadas intentando levantar bloques de cemento, voces llamando nombres una y otra vez, con la esperanza de obtener una respuesta. El desespero crecía con cada segundo.
Así lo recuerda Vanessa Porras Valderrama, quien en ese entonces tenía apenas cuatro años, pero conserva una memoria precisa, cargada de detalles que hoy, 27 años después, siguen vivos, como si el tiempo no hubiera pasado.
En diálogo con Quindío Noticias, relató cómo esa tarde quedó grabada para siempre en su memoria. “Recuerdo que vivíamos en el Parque Uribe. Era hora de almuerzo”, cuenta. Ella y su hermano estaban viendo televisión en una habitación. “Yo ya estaba en una pieza con mi hermano, viendo Padres e hijos (…) Yo tenía cuatro y mi hermana tres”, recuerda. De pronto, todo cambió. “Empezó a temblar durísimo, durísimo, y se fue desbaratando la casa”.
No hubo tiempo de buscar la salida habitual. “No salimos por la puerta, sino que se abrió otro pedazo de la casa y por ahí salimos”, relata. Afuera, la familia intentó reunirse en medio del caos. “Mi hermano me sacó a mí, mi mamá sacó a mi papá, mi hermana no alcanzó a salir porque estaba en el cuarto”. La angustia se mezcló con el miedo cuando Vanessa, herida en una mano y en la cabeza, observaba a su alrededor. “Me acuerdo mucho de ver mucha sangre, mucho caos, mucha desolación, la gente gritando, el desespero, no saber qué era lo que estaba pasando. El desespero de mi mamá y mi papá, de mi hermana”.
Una mujer cercana la atendió como pudo, entre réplicas y gritos. Pero incluso allí, la tragedia volvió a golpear. “Cuando mi mamá fue por mí, en una réplica que hubo, se cayó donde me estaban atendiendo. Uno veía muertos por todo lado, una situación muy difícil”, recuerda con voz firme.
Pasadas las cinco de la tarde, un nuevo y fuerte movimiento permitió que su hermana -Angie-, atrapada en la estructura de un camarote, pudiera ser liberada. “Lo más increíble es que no tenía ni un rasguño, estaba más afectado uno que se encontraba afuera”, dice Vanessa. Esa noche, sin casa y sin pertenencias, la familia durmió en la carrocería de un camión. “Salimos literalmente con lo que teníamos puesto, pasamos la primera noche allí, sin luz, en una situación muy difícil”.
Al día siguiente, una tía fue por ellos y comenzó el proceso de volver a empezar. Reconstruir desde la nada. Sanar heridas visibles e invisibles. “Yo nunca, nunca olvidaré ese 25 de enero”, afirma.
Como Vanessa, miles de niños de entonces crecieron con esos recuerdos marcados en el corazón. Hoy son adultos que dan testimonio de una ciudad que cayó, pero no se rindió. Armenia quedó herida, pero aprendió a levantarse. Entre el polvo, el miedo y la pérdida, nació una fuerza colectiva que transformó el dolor en memoria y la tragedia en un compromiso de vida. Porque aquel día la tierra tembló, pero también se sembró, para siempre, la historia de un pueblo que supo renacer.







