Con profundo dolor, familiares, amigos y colegas despidieron ayer a Alejandro Gutiérrez Barreto, un hombre de 34 años recordado por su responsabilidad, amabilidad y por la pasión con la que asumía su oficio como conductor de camión. El adiós tuvo lugar en el cementerio La Paz de Circasia, donde las lágrimas y los recuerdos se mezclaron en medio de la incertidumbre que todavía rodea su repentino fallecimiento.
El hecho ocurrió el pasado domingo 7 de septiembre en una finca cercana al sector de La Herradura, vía que comunica a La Tebaida con el Valle del Cauca. Según versiones iniciales, Gutiérrez Barreto habría ingerido una bebida conocida como yajé y poco después presentó un grave quebranto de salud. Quienes lo acompañaban intentaron auxiliarlo de inmediato y lo trasladaron al hospital Pío X, en La Tebaida. Sin embargo, pese al esfuerzo del personal médico, nada pudo hacerse para salvarle la vida.
La hipótesis de una intoxicación es hasta ahora la principal línea de investigación, pues de acuerdo con los reportes médicos preliminares, su organismo sufrió daños irreversibles. No obstante, las autoridades no han certificado oficialmente la causa de la muerte y el caso fue puesto en conocimiento de la Policía Nacional. Unidades de criminalística de la Sijín realizaron la inspección técnica al cuerpo y lo trasladaron a la morgue de Calarcá, donde Medicina Legal adelantó la necropsia con la que se busca esclarecer qué sucedió realmente.
Natural de Belalcázar, Caldas, Alejandro había hecho del Quindío su hogar desde hace varios años, estableciéndose en Circasia. Allí cultivó amistades y se ganó el aprecio de quienes lo conocieron, no solo por su entrega en el trabajo sino también por su carácter soñador y su afición por las motos, otra de sus grandes pasiones.
Hoy, su partida deja un vacío en la comunidad y abre un interrogante que solo los resultados forenses podrán responder: ¿qué ocurrió en realidad en aquella finca donde todo empezó?







