En la madrugada del 7 de septiembre, Rusia lanzó el ataque aéreo más intenso desde el inicio de la invasión, empleando más de 800 drones y 13 misiles que golpearon varias ciudades ucranianas, entre ellas Kyiv, Odesa, Zaporiyia, Kryvyi Rih, Sumy y Chernihiv.
La capital fue uno de los principales objetivos y resultó especialmente afectada cuando un misil impactó el edificio del Gabinete de Ministros, que quedó envuelto en llamas. Este hecho, de fuerte carga simbólica, marcó la primera vez que la infraestructura central del Ejecutivo sufre un daño directo desde el comienzo de la guerra.
El balance humano es doloroso: al menos cuatro civiles fallecieron, incluido un bebé, y más de 20 personas resultaron heridas. Aunque las defensas aéreas lograron interceptar 751 drones y cuatro misiles, la magnitud del ataque superó la capacidad de contención.
El presidente Volodímir Zelenski calificó la ofensiva como un “crimen consciente” y pidió a los aliados acelerar el envío de sistemas de defensa antiaérea. Por su parte, la primera ministra Yulia Svyrydenko recordó que ninguna infraestructura puede compararse con las vidas perdidas y exigió que la indignación internacional se traduzca en apoyo concreto.
La comunidad internacional reaccionó de inmediato: líderes como Emmanuel Macron, Keir Starmer y Donald Tusk condenaron el ataque y ratificaron su respaldo a Ucrania. En paralelo, Kiev respondió con contraataques contra infraestructuras energéticas en territorio ruso, mientras prepara junto a sus socios una nueva estrategia de defensa frente a esta escalada.







