En las montañas del sur del país, comunidades indígenas del pueblo Pasto sostienen una lucha silenciosa pero firme por la defensa de su territorio, su alimentación y su forma de vida. Frente al avance de la ganadería extensiva y los impactos cada vez más visibles del cambio climático, estas comunidades han decidido resistir apostándole a la soberanía alimentaria como eje de supervivencia y dignidad.
Durante décadas, la expansión del modelo ganadero ha transformado amplias zonas rurales de Nariño. La conversión de suelos fértiles en potreros ha reducido áreas de cultivo, afectado fuentes hídricas y acelerado procesos de degradación ambiental. Para los pueblos indígenas, esta transformación no solo pone en riesgo los ecosistemas, sino también su autonomía y su cultura ancestral.
A este panorama se suma la crisis climática. Las comunidades reportan alteraciones en los ciclos de lluvia, temporadas de sequía más prolongadas y heladas inesperadas que afectan directamente la producción de alimentos. Cultivos tradicionales como la papa, el maíz y otros productos andinos han visto disminuir su rendimiento, comprometiendo la seguridad alimentaria de las familias.
Ante este escenario, la respuesta indígena ha sido clara: recuperar prácticas agrícolas ancestrales y fortalecer sistemas propios de producción. A través de huertas comunitarias, bancos de semillas nativas y métodos agroecológicos, buscan garantizar alimentos sanos, suficientes y culturalmente adecuados, sin depender de modelos productivos que consideran ajenos y dañinos para su territorio.
“Queremos soberanía alimentaria”, es el mensaje que resume su lucha. No se trata solo de producir comida, sino de decidir qué se cultiva, cómo se cultiva y para quién, respetando la relación espiritual y cultural con la tierra. Para estas comunidades, el territorio no es un recurso económico, sino un espacio de vida que debe ser protegido para las futuras generaciones.
Organizaciones ambientales y expertos coinciden en que este tipo de iniciativas no solo benefician a los pueblos indígenas, sino que también aportan a la mitigación del cambio climático. Los sistemas agrícolas tradicionales, basados en la diversidad de cultivos y el cuidado del suelo, han demostrado ser más resilientes frente a fenómenos climáticos extremos.
La experiencia de los indígenas de Nariño refleja una problemática nacional: la tensión entre modelos productivos intensivos y las formas de vida de comunidades que históricamente han cuidado la tierra. En medio de esa disputa, su resistencia se convierte en un llamado urgente a repensar el desarrollo rural, la protección ambiental y el derecho de los pueblos a decidir sobre su propio futuro.







