Colombia es un país donde millones de ciudadanos expresan públicamente sus convicciones religiosas, espirituales y filosóficas. Decir “¡Que viva Cristo Rey!” puede ser, para un creyente, una expresión legítima de fe y una manifestación de sus convicciones personales, dentro de un Estado que reconoce y protege la libertad religiosa.
La Constitución Política de Colombia establece en su artículo 18 que “se garantiza la libertad de conciencia”, mientras que el artículo 19 reconoce expresamente la libertad de cultos. Esto significa que cada persona tiene derecho a profesar libremente su religión, cambiarla o no profesar ninguna, así como a difundir individual o colectivamente sus creencias.
A esta protección se suma la libertad de expresión consagrada en el artículo 20 de la Constitución. Los ciudadanos pueden expresar y difundir libremente sus pensamientos y opiniones, siempre dentro de los límites establecidos por el ordenamiento jurídico. La democracia, precisamente, se construye sobre la posibilidad de que distintas voces puedan manifestarse.
Por eso, una expresión de fe como “¡Que viva Cristo Rey!”, cuando surge de la convicción personal de un ciudadano, forma parte de ese espacio de libertad que protege la Constitución. De la misma manera, otros colombianos tienen el derecho de expresar públicamente sus propias creencias, convicciones o posiciones, incluso cuando sean diferentes.
El Estado colombiano, además, es reconocido constitucionalmente como pluralista y no establece una religión oficial. La Ley 133 de 1994, que desarrolla el derecho a la libertad religiosa y de cultos, establece garantías para que las personas puedan ejercer su religión sin discriminación. La libertad religiosa, por tanto, no consiste solamente en poder creer en privado: también comprende la posibilidad de manifestar las creencias.
En momentos en que el país enfrenta profundas discusiones sociales, políticas y culturales, defender estas libertades resulta fundamental. Colombia puede ser una nación de creyentes, no creyentes, católicos, evangélicos, miembros de otras confesiones y personas con diferentes convicciones, sin que esa diversidad tenga que convertirse necesariamente en motivo de confrontación.
La verdadera fortaleza de una democracia está también en permitir que alguien pueda decir “¡Que viva Cristo Rey!” sin que eso implique desconocer el derecho de otro ciudadano a pensar diferente. La libertad religiosa protege tanto la expresión de la fe como el derecho a no compartirla.
Así, “¡Que viva Cristo Rey!” puede escucharse como una expresión de esperanza y convicción de quienes profesan la fe cristiana. En Colombia, defender esa posibilidad no significa imponer una creencia: significa defender una Constitución que protege la libertad de conciencia, de cultos y de expresión para todos.







