El fútbol italiano atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente. La renuncia de Gabriele Gravina, presidente de la Federación Italiana de Fútbol, marca un punto de quiebre tras la eliminación de la selección nacional en la repesca rumbo al Mundial de 2026.
La escuadra dirigida por el combinado “azzurro” quedó fuera de la cita orbital luego de caer en una dramática tanda de penales frente a Bosnia y Herzegovina, sellando así su ausencia por tercera vez consecutiva en una Copa del Mundo, tras no clasificar a Rusia 2018 ni a Qatar 2022. El resultado desató una ola de críticas y cuestionamientos dentro y fuera del país.
Ante la presión mediática, política y deportiva, Gravina decidió dar un paso al costado, reconociendo la necesidad de una transformación profunda en la estructura del fútbol italiano. Su salida se da en medio de un ambiente tenso, donde incluso desde el gobierno se exigían cambios urgentes para recuperar la competitividad del equipo nacional.
La crisis no se limita a la dirigencia. También se confirmó la salida de Gianluigi Buffon, histórico exarquero y jefe de la delegación, lo que evidencia el impacto institucional del fracaso deportivo. Las autoridades ya convocaron una asamblea para elegir al nuevo presidente en junio, en medio de un proceso que busca redefinir el rumbo del balompié en el país.
Este nuevo golpe contrasta con la gloria alcanzada en la Eurocopa 2020, título que había devuelto la esperanza a los aficionados. Sin embargo, los resultados recientes reflejan problemas estructurales que hoy tienen al fútbol italiano sumido en una profunda crisis.







