Inicio Quindio Luis Eduardo Gaona, la vitalidad de un roble

Luis Eduardo Gaona, la vitalidad de un roble

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En 1920 ya se había propagado por el mundo la pandemia causada por el virus H1N1 que dejó cerca de 50 millones de muertes a nivel mundial. Era un año bisiesto y como todos los sucesos que se desarrollan sin entender por qué o cómo, el nacimiento de Luis Eduardo Gaona Delgadillo sigue siendo un acontecimiento que asombra.

Tránsito delgadillo tenía cumplidos nueve meses de embarazo. Era domingo, iba para misa con su esposo Telmo Gaona en Choachí, Cundinamarca y de su casa al pueblo eran 3 horas de camino. De regreso, le empezaron las contracciones de su cuarto hijo en medio de un camino de herradura. En un acto de completa valentía, su esposo la asistió durante el parto y en compañía de él salieron de ese apuro. Siguieron caminando.

Luis Eduardo estudió en una escuela particular de una señora llamada Etelvina Sabogal que quedaba a dos horas de su casa, pagada por su mamá, donde escasamente aprendió a leer y escribir. Un año después empezó a trabajar.

Luis Eduardo Gaona

Su primer trabajo fue en fincas particulares donde desyerbaba maíz y papa y hacía mandados, ganándose dos centavos diarios. Tiempo después se fue para Bogotá, donde estaba su padre, Telmo Gaona, a trabajar en un taller de mecánica donde ganaba ocho centavos al mes. Allí aprendió a soldar ollas con un esmalte sueco. Después un año regresó a Choachí “a trabajar, rezar y vagar”.

Luis Eduardo trabajó hasta los 18 años arando con bueyes la tierra y realizando otras labores. “En toda familia había un pobre y todos mis hermanos tenían un principio de renta para vivir. Entonces el pobre era yo”.

Hubo un tiempo que a los trabajadores no les pagaban con dinero sino con comida, “Luis Eduardo no trabaja por la lata nunca”, entonces compró herramienta y ácidos y aprendió la latonería. Soldó ollas en un esmalte fino, cucharas, bateas y pilones de pilar maíz, “Casi no habían latoneros. Yo les ponía el asiento a las ollas suecas y quedaban buenas para seguir haciendo sancocho”. Descubrió que ganaba 400 centavos en cuatro días, lo que con las labores en las fincas se ganaba en seis. Más adelante aprendió construcción, carpintería, arreglo de motores, planchas y licuadoras, incluso aprendió a coser en felpa.

“Mi papá fue muy trabajador, incansable, el trabajo nunca le quedó grande”, me dice Beatriz, una de sus hijas, Betty como le dicen de cariño.

Luis Eduardo y su esposa María Luisa

Pensó en construir su futuro en los llanos pero don Telmo le aconsejó el Quindío, donde llegó a coger café en fincas. “Me vine para el Quindío con Dios, la Virgen y el Líchigo en mis espaldas. Yo no conocía el café. Al principio cogía lo que cayera”, y a encontrar el amor de su vida.

Por obra del destino o propósito de su Dios, Luis Eduardo conoció en Calarcá, Quindío a María Luisa Delgadillo, “me junté con un paisano en una finca de otro paisano y me convidaron a trabajar un poco de tiempo. Salimos una tarde a un lugar que llaman La Primavera y pasaba mi suegra Francisca Solórzano con las dos niñas, mi esposa y su hermana, las dos muy lindas”. Empezaron a conversar, se gustaron y se enamoraron. Dieciocho meses después se casaron, él de 24 ella de 22, en el templo San José de Calarcá en 1944, año bisiesto. María Luisa era de Choachí también.

Nueve meses después de casados nació el primero de diecisiete hijos, por circunstancias de la vida quedaron catorce, cinco hombres y nueve mujeres. Durante ese tiempo, Alfonso López Pumarejo había llegado a la presidencia y había renunciado de la misma por comprobados casos de corrupción. En ese mismo año (1944), el coronel Diógenes Gil Mojica intentaba un golde de Estado y el sindicalismo, la juventud universitaria y el liberalismo se estaban movilizando en las calles. Hubo mucha violencia entre liberales y conservadores y por tal motivo Luis Eduardo cambió la finca Villa Blanca que había comprado en la vereda La Primavera, por La Cedra ubicada en la vereda El Dorado en Génova, Quindío.

Finca La Cedra ubicada en Génova, Quindío

En La Cedra donde nacieron sus dos últimas hijas, construyeron un horno de barro donde preparaban pandequesos, almojábanas, fritangas con papa criolla, hígados, bofes, arepas con queso y carne asada. Esta finca fue una de las más importantes para Luis Eduardo, pues se vivieron momentos inolvidables para la familia. Su nieta Sandra recuerda que allí se reunían todos a celebrar cada diciembre.

Sesenta y un años después de casados, su esposa María Luisa falleció. “Se nos va, pensé, porque era un amor muy grande el de los dos” me dice su yerno, Abdul Rodríguez, esposo de su hija Beatriz Gaona. Pero no fue así, después de la muerte de su esposa, Luis Eduardo vivió seis años solo en su casa aferrado a los recuerdos. Su hija Betty le llevaba la comida, “lo único que yo hacía era tinto”. Le pregunto cómo fue ese tiempo y me dice, “me iba para la finca a trabajar en el carro, hacía carreras y una que otra vececita me tomaba mis tragos”. Seguro para sobrellevar la amarga ausencia del ser amado.

Luis Eduardo y su esposa maría Luisa

Betty su hija le pidió que viviera con ella y su familia y el accedió. Actualmente Luis Eduardo se levanta, se pone a orar, tiende su cama, (“es fuerte”), organiza su alcoba, se toma las pastas para la presión y la tiroides, luego se baña. “No se queja, no se siente impedido”. Tiene lo que la mayoría de personas de la tercera edad temen, la capacidad de moverse y valerse por sí mismo.

Luis Eduardo junto a su hija Betty, su esposo Abdul y sus dos hijos


“Mi papá es muy alegre, después de rezar el rosario nos cuenta historias de todo y nos hace reír. Cuando todo era oscuro fue piadoso, muy religioso, lleno del amor de Dios”. Me dice su hija Betty quien vive con su papá, su esposo Abdul y sus dos nietos. Para Abdul, su yerno, Luis Eduardo es “elegante, alto, acuerpado, no es barrigón, anda derecho, no es sordo, no babea como los viejitos”.

Cuando le pregunto a Abdul, un hombre de un acento paisa marcado, sobre qué piensa de su suegro me responde:

“Tiene un genio hermoso. Con él viven dos biznietos que juegan, hacen bulla, corren por todo lado y él nunca les dice nada. No molesta por las comidas asi estén frías o calientes. Tiene una excelente capacidad mental:

-Abdul, ¿Ya mandó el abono?

Con casi 100 años recuerda lo que yo con 72 no. Hace muy bien las cuentas, lo admiro mucho”.

Luis Eduardo cargando a Emiliano, su último tataranieto

Luis Eduardo tiene tantos nietos, biznietos y tataranietos que no puede contarlos. Sandra una de sus nietas recuerda, “siempre que nosotros íbamos a visitar al abuelo a Génova, la mayoría de los nietos nos sentábamos en sus piernas y le sacábamos una peineta que él tenía en el bolsillo de su camisa, lo peinábamos y él nos daba $200. Siempre nos despachaba con plata”.

Luis Eduardo en la eucaristía realizada en la Parroquia San José de Génova

Hoy 7 de junio de 2020, en medio de otra pandemia, esta vez por el coronavirus, Luis Eduardo Gaona Delgadillo cumple 100 años. Me dice que se siente muy bien gracias a Dios, “Como, duermo y estoy es engordando”.

Luis Eduardo en La Cedra

Antes de propagarse la enfermedad por el covid-19, Luis Eduardo salía en las mañanas, daba una vuelta por el parque de Génova, caminaba hasta La Cedra a una hora de camino con su yerno y regresaban a la 1:00 p.m. rezaba una oración y almorzaba. Ahora, en las tardes ve televisión, le gustan las películas de aventura o de guerra, lee cuatro páginas de la sagrada familia aunque se le dificulta, come mango o papaya, da vueltas por el corredor de la casa, en las noches ve Diomedes y Marbel y se acuesta.

A Luis Eduardo le motivan sus fincas, caminarlas, saber cómo va la cosecha del café, es un hombre muy alentado. En su voz se nota la fuerza y vitalidad que lo han marcado siempre, “La pasé muy bien. Viví tiempos maravillosos. Fui feliz y sigo siendo feliz”.