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Croacia contra el gigante

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AS

Si el fútbol fuera una materia predecible, no habría margen para la sorpresa. Francia ganaría la final del Mundial de Rusia 2018 sin bajar del autocar, como decía Helenio Herrera. Los franceses lo tienen todo. Portero (Lloris), defensa (Varane y Umtiti en el eje), un centro del campo fibroso y con más fútbol del que le es permitido desarrollar (Kanté, Pogba y Matuidi) y la mejor delantera del Mundial (Mbappé, Griezmann y el presunto comparsa Giroud, que no lo es tanto). La media de edad de su once titular no pasa de los 25 años y para colmo tienen un técnico, Didier Deschamps, que dirige de espaldas al espectador, lo que suele dar buenos réditos en el fútbol de hoy.



Delante de este gigante sin rasguños ni sobresaltos reseñables estará Croacia, una selección pequeña y fatigada, pero con un orgullo que recuerda curiosamente a la Galia que sobrevivía a todo a base de talento y capacidad de resistencia. Croacia tiene una ventaja. Como nadie se la esperaba el 15 de julio en Moscú, cuenta con el apoyo del mundo. El presunto perdedor suele caer simpático ante las miradas neutrales, y esas vibraciones a veces empujan. Más aún si el débil posee futbolistas como Modric Rakitic, regalos para la vista, centrocampistas en vías de desaparición porque se sienten infinitamente más a gusto con la pelota en los pies que sin ella. Croacia ya ha ganado, se podría decir. Francia siente toda la presión. Croacia puede fallar. Francia, ya no.

Rakitic lleva a sus espaldas 71 partidos esta temporada

Las estadísticas suelen decir poca cosa aplicadas al fútbol. Se asimilaron del baloncesto y muchas son vacuas. Pero la comparativa entre el camino recorrido por los dos finalistas sí es significativa y deja a los balcánicos en inferioridad. Tres prórrogas más que sus rivales, 115 kilómetros adicionales acumulados en las piernas y Rakitic, uno de sus futbolistas clave, víctima modélica del aberrante calendario actual, a punto de disputar su partido número 71 en una sola temporada (55 con el Barça y 16 con el equipo nacional).

¿Se pueden combatir esas cifras? Pues sí, contestan los croatas. Con aspectos intangibles a los que los balcánicos, muy nacionalistas, les encanta recurrir (sentimiento, unidad, gen competitivo…), pero también con números: la pequeña Croacia suma más pases que su adversario (3.358 contra 2.773), lo cual confirma el peso de su centro del campo. Se ha querido resumir el duelo con dos nombres para abreviar: Mbappé contra Modric. No está mal si lo que se quiere es un titular resultón, pero eso sería tanto como dejarse jugadores como Griezmann o Perisic, tipos mayúsculos, o a secundarios con ansias de protagonismo como el lateral Pavard o el veterano buscavidas Mandzukic, un delantero de maneras antiguas, correoso hasta producir antipatía pero héroe al fin y al cabo para quien le interesa serlo, su tropa. Lleva Mandzukic tantas faltas en este Mundial que parece un defensa, once. Sólo le supera uno de sus sucesores, el irascible Rebic, atacante y autor de 19 faltas, una locura muy representativa del espíritu de lucha croata.

Francia es otra cosa. Su fortaleza reside en la sublimación de lo colectivo. Deschamps ha edificado un equipo sin puntos débiles, programado para sacrificar la vistosidad de su juego cuando se adelanta en el marcador para no desordenarse. El mérito del técnico radica en haber convencido a figuras mundiales de que el camino del éxito se encuentra en el grupo. Verles es aburrido a veces, pero Francia no ha fingido ser otra cosa. Vino a ganar y sólo le falta un paso para lograrlo.

Vanguardia